Los vi alejarse y confundirse con las ráfagas de viento y arena, desde la casa donde viven Antonio, Joaquín, Silvia y Cris en el 27 de febrero. Allí me habían dejado, con la mejor compañía posible, para pasar mi última tarde en los campamentos de refugiados saharauis, a la espera de que alguien de Protocolo me recogiera y me llevara hasta el aeropuerto en Tinduf.
El Bubi sigue su camino y algo de mí se quedó entre los libros que transporta de Wilaya en Wilaya.
Escribo ya desde Zuera, que por cierto no se ha borrado de mapa, e intento reposar las dos semanas vividas y adaptarme para poder seguir siendo también aquí, en mi biblioteca un trocito de ese pajarillo a cuadros que nos contaba Nadira. He leído los comentarios que habéis ido haciendo a los textos que mandaba desde allí. Y hasta he escuchado la canción Trabajo por un sueño, de Bruce. Gracias a todos y a todas.
Me quedan algunas cosas que contar, del resto se han quedado encargados Alex y Tisa.
Así que allá voy.
Os conté la experiencia del Bubi en una escuela de primaria y también la del Bubi en una tarde cualquiera en una daira. Me falta la del Bubi en una escuela de secundaria. Esta es la más difícil de poner en palabras, pero lo intento.
El lunes 9 de marzo conseguimos desprendernos de nuestra familia saharaui en Smara y encaminarnos por en medio de la hamada, a campo a través, hacia algún lugar del sur donde debía estar el Centro de Formación de Secundaria 12 de octubre. Había llovido la noche anterior así que la arena se camuflaba y parecía tierra firme. Sólo la habilidad y el sentido de la orientación de Larosi nos permitieron encontrar este lugar en medio de la nada. Con previo atasco, claro. Unos 18 km nos separan de Smara. Alrededor nada, pero nada de nada. Sólo alguna atrevida talja marca algún punto de referencia en el espacio. Impresionante la llegada. ¿Larosi estás convencido que esto es una escuela?. Que si, dice, que yo estudié aquí al final de los ochenta. Es … es como llegar a un fuerte, a una instalación militar comida por la arena y el viento, muy deteriorada, con muros exteriores, como una cárcel. Para colmo, al lado, estaba el Psiquiátrico, bueno el edificio que … Casi nos vamos. Era imposible que hubiera vida en el interior. Desolación y misterio. Nos pudo más el misterio, claro. Entramos. En el centro la bandera, izada y arriada todos los días, pabellones, barracones, muros dentro de los muros. Los chavales estaban en clase y sus voces se oían desde las ventanas. Algo era algo.
Por esas cosas que pasan por ahí, y por alguno de esos despistes administrativos, en el centro no sabían que llegábamos. Hani, hani, nos repetíamos. Comimos las omnipresentes lentejas, riquísimas eso si, y nos dispusimos a esperar a que algún profesor de español viniera a hablar con nosotros para poder hacer algún plan de trabajo. Al final de la tarde, llegó por fín Salah. Su religión le prohibía mirarnos (ya no digamos tocarnos) a Tirsa y a mí, así que Alex hizo de interlocutor.
Mientras él hablaba con sus jefes, salimos al exterior a dar un paseo y poder digerir todas estas impresiones. El atardecer en la hamada templó nuestro espíritu, pero no impidió que echáramos de menos a Smara, a Lamira y sus guisos, a los peques de nuestra familia, a la vida en una daira.
¿Podríamos hacer algo? ¿Conseguiríamos hacernos un hueco entre los horarios de la clases?. A la vuelta del paseo, la primera sorpresa nos esperaba en el cuaderno de Salah. Esos días faltaban los profesores de Educación Física y Biblioteca así que teníamos por delante entre martes y miércoles (mañana y tarde) y jueves por la mañanaza la posibilidad de trabajar con 26 grupos de 7º, 8º, 9º y 10º (lo que aquí corresponde con los cuatro cursos de educación secundaria). ¡Socorro!. O todo o nada. Y lo teníamos todo, así que a trabajar. Menos mal que éramos tres. Nos dividimos los grupos y nos tocó a 3 grupos diarios por barbilla. Y sin profesor de acompañante. En esos tres intensos días hubo de todo, claro. Pero encontramos la vida dentro de las clases. Había 10 grupos de 7º (pueden repetir todos los años que sea necesario), dos grupos de 8º, uno de 9º y dos de 10º. Cada grupo fue una experiencia. Algunos sublimes y otros un desastre. El tiempo también se empeñó en complicarlo todo un poco, hasta llegar a suspender las clases media mañana, por peligro de que los tejados, y sobre todo las piedras que los sujetan, se cayeran por el viento. Había ratos en los que la arena lo cubría todo, los libros, los pupitres, las mochilas que se quedaban por el suelo. Y entre todas esas dificultades, a ratitos fuimos capaces de soñar, de imaginar, de leer, de escribir, de reírnos, de disfrutar. Hubo momentos en los que imaginábamos que el patio del recreo era una pista de patinaje sobre hielo y alguno de los pabellones comedores, piscinas cubiertas. Llegamos incluso a creernos que ese día tendríamos de postre una estupenda tarta de fresa chocolate y que al salir de la clase nos esperaba alguien con un enorme helado. Disfruté con los chavales, muchos más chicos que chicas, trabajando el cuento Esto no es una caja, acabamos convirtiendo aparentes cajas de cartón, en Jaimas, banderas del Sahara libre (por supuesto), casas, puertas de frigorífico, televisiones, cámaras de fotos, soles, flores y miles de cosas más. También nos dedicamos a disfrazar letras como si fueran a ir a una fiesta de disfraces, las M se convertían en montañas, las A en jaimas, las W en murciélagos, las S en ochos etc. Incluso con los mayores estuvimos escribiendo sin alguna vocal.
El jueves por la tarde, cuando nos marchábamos del centro, los muros eran un poco, sólo un poco más pequeños y el lugar un poco, sólo un poco, más habitable. Lo importante era lo que quedaba dentro. Los chavales, adolescentes con un sueño de país libre y una profesión que ejercer allí algún día. Una idea era la que volaba por encima de los edificios, saltaba las paredes de arena y se relajaba cerca de la luna llena que esos días nos acompañó y puso luz en el cielo. Estaban ahí para mantener vivo un sueño, para estudiar por él, para trabajar por él.
El Bubi parecía no querer irse del 12 de octubre. Nada más salir, en la última duna que protegía los edificios de la fuerza del viento, encalló durante un buen rato. La solidaridad de desierto se hizo presente. El camión que transportaba a los profes se percató de nuestra situación y vino en nuestra ayuda. Entre todos quitamos arena, buscamos piedras, empujamos el camión, dábamos consejos a Larosi … hasta que apareció una sirga de acero y al cuarto o quinto intento nos sacaron del agujero. Contamos también con la inestimable colaboración de una tetera o lámpara maravillosa que encontré medio enterrada en las cercanías y a la que por supuesto froté y froté hasta que salió el genio y cada uno le formuló su deseo.
En el desierto todo es posible.
(A lo largo de esta semana, cuando me vaya asentando, intentaré colgar de la web algunas fotos y algunos consejos prácticos, sugerencias y peticiones para nuestro Bubisher. Me gustaría contactar con la gente que vais a ir desde Huesca, tengo que daros algunas cosas pequeñas para que llevéis. Para cualquier cosa, nos podemos comunicar a través de los comentarios de esta web o también a través de mi email, de una forma más personal, chusjuste@hotmail.com)
