El trabajo en el Bubi ha resultado ser distinto al que me imaginaba, y esto es algo importante para los próximos voluntarios que se apunten. Todos llegamos al campamento cargados de energía. Yo hubiera querido estar todas las mañanas en clase de 10 a 2 y abrir el Bubi en los barrios de 4 a 7, y lo mismo le ocurría a mis compañeros, más aún sabiendo que solo estaríamos una semana.
Tuvimos que aprender que las cosas no funcionan de esa manera. Al llegar a un colegio, primero nos tienen que recibir. Luego nos indican a qué clases podemos entrar. Al ser 7 voluntarios, formamos 3 equipos y entrábamos uno en cada clase. Allí termina la cosa, ¡sólo una sesión!. Te quedabas con ganas de más, pero no podía ser. Resulta que a partir del mediodía hacía tantísimo calor, que hasta las 6 recomiendan no salir de casa. Muchas veces quebrantamos la ley para entrar en el Bubi y dedicarnos a limpiar y ordenar libros. A las 6:30 abríamos el camión y desplegábamos las alfombras para los niños del barrio y el tiempo pasaba volando hasta que anochecía.
En definitiva: una experiencia fugaz, pero muy enriquecedora para las dos partes. La relación con la familia que nos acogió y con los compañeros, pusieron la guinda a un viaje en el que recibí tanto o más de lo que ofrecí.
Os animo a todos, aún hay mucho que hacer.